El sol se detuvo al mediodía y los días eternos marcan que el mundo se está acabando. Lleva así un mes y a nadie parece preocuparle; intentan seguir con sus pequeñas rutinas en un universo caótico, con fallas mecánicas y poco mantenimiento.

“El fin de la perpendicularidad” es la nueva obra escrita y dirigida por Martín Giner, que llega a la sala Juan Antonio Tríbulo del teatro Alberdi (Crisóstomo Álvarez y Jujuy) a las 20, con las actuaciones de Kika Valero, Sergio Domínguez, Mariano Juri, Matías Rotger y Juliana González.

“Soy el viejo loco que está en una esquina gritándole a todo el mundo que el final está cerca y nadie le hace caso. Yo creo que estoy dando una revelación, y en realidad es algo que todo el mundo ya sabe. Por eso son atractivas las historias apocalípticas; es una certeza que se va a acabar, la única duda es cómo”, afirma el autor al hablar con LA GACETA.

- Que tus personajes decidan ignorarlo es un reflejo de la sociedad...

- Sí. Inevitablemente, este trabajo está influenciado por lo que nos mostró sobre nosotros mismos la pandemia. Pero va más allá de esto. Aparentemente cuando mas grande es la verdad, más necesidad tenemos de mirar hacia otro lado: virus, desastres ecológicos, guerras o la advertencia en los paquetes de cigarrillos. Se aplica a todo.

- ¿Esperar que todo se normalice sin hacer nada es asumir una posición política?

- Lo que define a la sociedad que fuimos construyendo desde principios de este siglo no se maneja en los términos de hacer o no hacer. Nuestra sociedad es un tercer estado, es el de “hacer desde casa”: son pequeñas acciones autosatisfactorias sin ningún efecto concreto sobre la realidad, pero que nos dan la sensación de compromiso a la vez que ponen la responsabilidad sobre otros. Este comportamiento, que en la realidad se ve en redes sociales y en conversaciones de amigos, en la obra está presente en uno de los personajes que justifica su inacción desde el discurso.

- ¿Qué te ofrece el absurdo?

- Me funciona como herramienta de comunicación, y en este sentido lo trabajo por contexto. El absurdo en un contexto absurdo es, justamente, redundante y se pierde. Pero dentro de una estructura formal destaca, resalta un concepto o incluso golpea. Por eso me gusta trabajar sobre un relato de estructura formal y comprensible; se transforma en una especie de lienzo sobre el que voy pintando con rupturas y quiebres.

- ¿Con esta obra se cierra tu serie del fin del mundo?

- El objetivo que me había puesto hace unos años fue escribir tres historias sobre el fin del mundo. La primera fue “La micro superpoblación de Antón”, donde todo se inundaba, ya que el mundo estaba en el caparazón de una tortuga gigantesca que lentamente se sumergía en el agua. La segunda es “El ojo que señala”: la humanidad desaparece a causa de una crisis de identidad global. Y en el caso de esta obra, el sol quedó detenido al mediodía. Como siempre, la realidad va a ser más terrible que la ficción. Seguramente cuando se termine va a ser un final diluído, lento, anticlimático. Me parece muy triste que el fin del mundo no vaya a ser un gran final con una explosión hollywoodense.

- Si nuestra existencia es una ficción, ¿quién la escribe?

- No me preocupa tanto quién la escribe, si no saber qué me va a resultar mejor: seguir el guión o no.

- Aparte de preguntas filosóficas que planteás, ¿hay alguna propuesta en esta obra?

- La propuesta es ir al teatro, disfrutar de que te cuenten una historia, y reírte un par de veces. Las preguntas filosóficas son un extra, un souvenir que te lo podés llevar a tu casa y ponerlo en la mesa de luz, a mano antes de dormir, si no tenés nada interesante que leer.